domingo, 6 de agosto de 2017

El caso de la enfermera instrumentista asesina: sus conocimientos en anestesiología al servicio del crimen. Parte 2


El exitoso Dr. David Stephens cayó gravemente enfermo de diabetes sacarina y, por si fuera poco, también de hepatitis viral C. Es lógico que ya no pudiera seguir ejerciendo la cirugía cardíaca y no quedó más que decir adiós a los buenos ingresos propios de esa lucrativa especialidad.

La única alternativa de Stephanie para poder continuar en esa vida plena de lujos era cobrar el seguro de vida del cirujano. Su marido tenía que morir sin demora. No se podía esperar hasta que la diabetes sacarina y la hepatitis C terminaran con la vida de David, quién sabe, en algunos años.

Pero podría utilizar algunas drogas utilizadas en anestesia para cirugía cardíaca -drogas que Stephanie observaba utilizar a los anestesiólogos que trabajaban con su marido todos los días- que le dieran a al Dr. Stephens una muerte con apariencia similar a la que pueden dar las complicaciones letales de la diabetes y la hepatitis. He aquí el conocimiento de anestesiología, fisiología, farmacología al servicio del crimen.


Con un hígado extremadamente dañado y una diabetes severísima no sonaba imposible que el Dr. Stephens falleciera víctima de un shock por cetoacidosis diabética.

Tampoco era imposible que el Dr. Stephens falleciera por los efectos adversos de una sobredosis accidental de insulina (coma por hipoglicemia), sustancia que estaba recibiendo a través de una infusión intravenosa para controlar sus altos niveles de glucosa en sangre.

Entonces Stephanie recordó el efecto de la droga hipnótica etomidato, empleada en anestesia cardíaca. Ésta causa un sueño profundo al paciente sin alteración marcada de la presión arterial ni la frecuencia cardíaca.

Del mismo modo Stephanie concluyó en que el bloqueador de la unión neuro-muscular (paralizante de los músculos respiratorios) atracurio impediría que el Dr. Stephens respirara mientras estaba dormido bajo los efectos del etomidato.

La muerte gracias a los anestésicos llegaría durante pérdida de conciencia, de la misma manera que llegaría por un shock por cetoacidosis diabética o por una hipoglicemia severa por sobredosis de insulina. Nadie se daría cuenta que los anestésicos fueron vertidos a la infusión de insulina. Y, por los graves antecedentes patológicos del paciente, a nadie se le ocurriría solicitar una necropsia.

Tremenda muestra del uso de conocimientos de la anestesiología al servicio del crimen.
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