jueves, 29 de noviembre de 2012

Top 10 (tristemente) célebres anestesistas. TOP 10: Dr. DAMASCO ROLDÁN, el anestesiólogo que soñaba con ser torero.

Primer plano del maestro Roldán. La misma estampa de su ancestro, el indómito Inca
El patriarca de la anestesiología peruana, Dr. Damasco Roldán, nació en el pueblo de Toro Muerto, provincia de La Tortura, en la región de Masacre Taurina.

Desde muy niño se apreció en él la dualidad "quito el dolor-pero aplaudo el dolor" en su personalidad: por las mañanas jugaba al "doctor" con sus primos, asumiendo el papel del anestesista héroe que aliviaba el dolor de los enfermos; por las tardes acompañaba a su tío Pepito Alvarez -carnicero del pueblo- al matadero local, a disfrutar del show dado por sus hábiles y certeros matarifes sacrificando sin anestesia a indefensos toros, carneros, cabritos.

Por mérito propio e indiscutible, se convirtió en uno de los mejores anestesiólogos de su país: maestro de especialistas de primer nivel, pionero en el uso de modernas técnicas anestésicas y artífice de la solución de los casos más complicados en sala de operaciones.

En sus muy famosas conferencias resaltaba el trascendental papel del anestesiólogo en la supresión del dolor y el sufrimiento de los pacientes sometidos a cirugía:

-"Es imperdonable que un anestesiólogo permita que su paciente sienta dolor"- nos repetía a cada momento.

Por eso no dejaba de sorprender ingratamente a colegas de quirófano, enfermeras y residentes de anestesiología, ver al maestro Roldán en la plaza de toros de la capital haciendo vivas al torero que se disponía en la arena a despedazar, sin anestesia, a un pobre toro de lidia.

En sus muy recordadas charlas de tauromaquia celebraba el rol del torero en poner el toque mágico de masacre a la fiesta brava:

-"Es imperdonable que un torero permita que el toro muera sin dolor y sin tortura"- insistía en su interesante disertación sobre temas de tauromaquia.
El caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde a la manera de Damasco Roldán: combatiendo el dolor en el quirófano y reclamando tortura y masacre desde la tribuna de la plaza de toros
¡Qué tal contradicción! En sala de operaciones hay que evitar el dolor, pero en el ruedo hay que provocarlo y aplaudirlo.

Sin embargo, para la gran mayoría, el maestro Roldán es tan bondadoso que cuando deje este mundo se irá directo al cielo. Pero los pobres e inocentes animales muertos en la plaza de toros también se van al cielo.

Allá arriba, en el paraíso, el Dr. Roldán y los toros flagelados, cuyo dolor promovió y aplaudió, saldarán cuentas.

Dios, si existe, tendrá que estar a favor de los toros.
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